Algunas mujeres muertas: Mi primer éxito en el FBI

Fue muy sonado y, encima, el caso, años después, trajo mucha cola. Ya te enterarás de esto.

El tema es que hacía ya unos meses que había terminado mi periodo de formación y obtenido el correspondiente diploma de agente especial del FBI. Como también cuento por ahí, lo mío fue una cooptación de la Oficina, no insólita pero sí infrecuente. Casi con seguridad, alguien de Mimi-Dade, con ganas de perderme de vista, tuvo la idea de hablar bien de mí ante los oídos adecuados y estos, por una feliz casualidad, estuvieron receptivos en aquel momento. La consecuencia es que entré en Quantico para una especie de formación personalizada que, aun siendo parecida a lo que yo imagino en intensidad a la de los marines, distaba mucho de la que habían recibido la mayoría de mis compañeros, con los que, sin embargo, me sentí uno más casi desde el primer día.

Cuando ingresé en la Academia yo era, de media, unos diez años mayor que aquellos muchachos y muchachas que, para colmo, habían accedido a aquellas aulas tras un durísimo proceso de selección. Esta circunstancia no impidió mi integración con absoluta naturalidad. Y doy fe de que, incluso en los entrenamientos de defensa personal, a veces salía marcado y magullado exactamente igual que el resto. No me trataban como a un abuelo. Quizá mi metro noventa largo también los imponía.

La única condición que puse en su momento para dejar la policía del condado era poder integrarme, una vez obtenido mi diploma, en la oficina de Miramar, en Miami. Tampoco es fácil elegir destino pero Eve, mi entonces esposa, no estaba dispuesta a cambiar de entorno y yo quería estar cerca aunque no había nacido la pequeña Olivia.

El cine malo ha hecho mucho daño y os termináis creyendo que el trabajo policial son pistolas, carreras por las calles y alguna que otra pelea en la que, a la postre, siempre ganamos los buenos. Nada más lejos de la realidad. La mayor parte de nuestras horas, días y hasta meses se reparten entre lecturas de carpetas de grosor infinito, escuchas de conversaciones eternas, hojas de Excel o programas similares en las que intentamos encajar los movimientos contables de los malos –blanqueadores de capital, traficantes de armas, de drogas, proxenetas internacionales… Todos estos trabajos, con frecuencia tediosos, son la clave real de nuestro éxito. También lo fue del caso con el que empecé a cosechar un cierto prestigio.

–Smith, necesito que vayas a Los Ángeles, tienen varias mujeres asesinadas con un mismo patrón, se han ido produciendo a lo largo del tiempo, pero ahora nos piden ayuda. Cuento contigo.

–Claro jefe, no hay problema. ¿Cuándo salgo? ¿Es un caso federal o los locales nos han pedido ayuda?

Mi partida era inmediata. El FBI se ocupa de asesinos múltiples solo en el caso en que los crímenes se hayan cometido en distintos estados o jurisdicciones. No era esa la circnstancia pero, como ocurre con casos especialmente graves, distintos cuerpos reclaman nuestra ayuda  por poseer  mayor experiencia y medios para enfrentarnos a los peores de entre los malos. Debía volar hoy mismo a la costa Oeste y presentarme ante el jefe de Homicidios, Bernat Dieti.

Ir a casa y recoger mis cosas fue sencillo, explicar a Eve que me marchaba de la ciudad sin fecha de regreso fue un poco más difícil.

Los Ángeles es una urbe de dimensiones inimaginables y su infraestructura en seguridad impone. Poseen  un departamento de policía de los más grandes del país. Para un recién llegado al FBI, después de mi paso por la policía del condado de Miami-Dade, los números que se manejan en Los Ángeles me suenan a locura.

No fue tan fácil acceder al despacho del jefe de la Brigada de Homicidios, pero al final llegué y me sentí muy bien tratado y mejor acogido por aquel hombre campechano y amable que, además, era uno de los cinco primeros jefes en la escala de la policía de aquella ciudad.

–¡Hombre! Smith, ¿no? Te estaba esperando, me alegro de que hayas aceptado este trabajo, no sabía a quién me enviarían los federales, pensé que sería alguien de aquí, de vuestra oficina local, cuando supe que eras tú y que habías trabajado para la policía del condado respiré, ya sabes cómo son algunos agentes, tan «especiales» ellos.

Son frecuentes las tensiones entre distintos cuerpos policiales que pisan el mismo terreno. Hasta donde sé, eso ocurre en todos los países así que entendí a la primera lo que me decía aquel hombre tan cordial.

–Yo también estoy contento de estar aquí, Jefe Dieti. No sé por qué me han enviado a mí pero cuénteme, por favor.

–Mira, primero, llámame Bernat, por cierto, ¿cómo has dicho que te llamas? ¡Vaya nombre más extraño! Bueno, a lo que iba, creo que te han enviado porque tú tienes mucha experiencia en detener asesinos y algunos con más de un muerto a sus espaldas. Además, creo que alguien quiere demostrar que te ha fichado para el FBI por algo más que tu estatura –Ironizó Bernat Dieti.

Aquel hombre me cayó bien desde la primera conversación.

Me asignó  un despacho muy digno y me sentí como en casa desde el primer día, incluso por el hecho de que nada más tomé posesión, se encargó de que me llenaran mi recién estrenado lugar de trabajo con cajas de pruebas y carpetas con informes.

–¿Te lo cuento el caso o prefieres mirarlo tú primero? –preguntó el jefe de Homicidios.

–Déjame ojearlo todo. Prefiero hacerme una idea antes de que me cuentes tú la tuya. Muchas veces, cuando un caso está atascado, una mirada limpia y hecha desde cero ve cosas que antes pasaron desapercibidas.

–Todo tuyo, Josep.

Fui deshaciendo caja a caja, expediente a expediente. Todos los despachos estaban ya vacíos cuando me decidí a salir hacia mi hotel. Aquel fue el primer día de una quincena durante la que eché más horas que nadie en aquella comisaria y donde, por primera vez, me pregunté si eso de enviar un solo agente del FBI para ayudar a un cuerpo policial sería la norma en esta mi casa de ahora.

Por fin, aun sin solución ni plan ni sospechosos, empecé a saber de qué se trataba todo aquello.

–Bernat, ya me lo he mirado todo –le dije desde la puerta de su despacho.

–Pasa, pasa hombre, no te quedes ahí plantado.

–Si quieres te hago yo el resumen y me dices si estás de acuerdo con mi versión –apunté con ganas de impresionarlo con mi capacidad de comprensión y de síntesis, ¡cosas de novato!

–Adelante hombre, soy todo tuyo –me invitó Dieti.

–Veamos –comencé con la voz algo engolada pero con cara de no darme importancia–. Desde hace cuatro años estáis encontrando mujeres muertas en varios sitios de Los Ángeles y  ahora habéis descubierto que hay relación. Os ha costado un poco asociarlos pero ya van cinco asesinatos.

–Tampoco te pases, Josep, los casos estaban en comisarías distintas y se han ido produciendo en un espacio de tiempo largo. Por otro lado, no nos hemos dado cuenta ahora. Ahora hemos pedido ayuda, desde la segunda víctima vimos que había relación, pero no hemos avanzado nada, eso es cierto.

–Pues disculpa, yo llegué a la conclusión de que no las habíais relacionado porque en los informes de los responsables en ningún caso hay nadie que sea el mismo investigador para todos los casos –expliqué en mi defensa.

–¡No me jodas, anda! Yo estaba al corriente de todo y no hago informes.

–Tienes razón, discúlpame –atajé para rebajar la posible tensión–. Vamos a avanzar y no quedarnos en meros detalles

–Oye, vamos a ver si pillamos a ese cabrón y dejémonos de leches que me caes bien –espetó el jefe de Homicidios.

–Vamos a ello –continué–, tenemos cinco mujeres asesinadas de un tiro  con un revólver del 38. Son violadas después de muertas, que eso mira que es difícil, y después el asesino las expone para que las encontréis, las lava, las deja acostadas como si estuvieran dormidas, hasta se ocupa de disimular la sangre, cuando no la limpia directamente, como en el caso de dos de ellas. ¿Se me escapa algo?

–Todo correcto, eso es fácil.

–Bueno también me he mirado todos los sospechosos que habéis descartado, los familiares de todas ellas, los amigos, los vecinos, las personas del trabajo, los antiguos novios… Lo que me llama la atención es que cuando ya sabíais que era un asesino en serie, a partir de la tercera víctima, los patrones de búsqueda de sospechosos han seguido siendo los mismos. Bernat, no estoy diciendo que esté mal, digo que doy por sentado que esto es por algo que me gustaría saber. Y, ya puestos, me explicas también por qué hasta ahora no habéis llamado al FBI, ya sabes que en casos así siempre ayudamos.

Era consciente de que con este pequeño discurso que solté de carrerilla, me arriesgaba a perder el favor de Bernat Dieti pero me parecía importante arriesgarme a ser tenido por un soberbio frente a la posibilidad de que se me escaparan detalles relevantes para la investigación.

Pero Bernat no solo no se enfadó si no que me explicó con todo lujo de detalles por qué habían actuado como lo hicieron. Parece que todo el problema es, como ocurre con frecuencia, las rencillas entre cuerpos. El FBI en Los Ángeles no era bien visto por sus jefes y  les había costado convencerlos de pedir hasta que ya, con cinco muertas en el frigorífico, no cabía alternativa.

Dediqué a aquello horas hasta la extenuación. Fui a visitar a personas que habían sido interrogadas para hacer alguna otra pregunta que siempre resultaba infructuosa. Me vi con todos los investigadores de todas las comisarías donde se habían producido los asesinatos, me di cuenta de que todos me veían como el mago que en algún momento sacaría la solución de la chistera, pero todo eso solo hacía que la presión aumentara y los resultados disminuyeran.

Un día se me ocurrió ponerme con las cientos de llamadas que se habían recibido sobre denuncias de sospechosos. La policía de Los Ángeles había hecho llamamientos a la población cada vez que se descubría un crimen, y como todos sabemos, cada vez que eso pasa, todos han visto a un amigo, un exnovio, un vecino indeseable… Hay gente capaz de denunciar a cualquiera que no le caiga bien.

La policía guardaba cintas con las grabaciones de todas las llamadas de denuncia y ordenadas por cada uno de los asesinatos.

Me puse a escuchar, a apuntar y a indagar. Al final me quede con cinco de esas llamadas. ¿Por qué esas?  Tampoco hoy lo puedo explicar muy bien, supongo que pura intuición y mucha suerte.

Fui a ver a todas esas personas y a vigilar a sus denunciados como sospechosos. Trabajaba solo. Llevaba ya tres semanas en Los Ángeles y nada de lo que se me ocurría tenía mucho sentido. Evitaba cruzarme con Bernat porque no tenía nada que decirle, y los tres primeros sospechosos… Podían serlo de poca cosa y ninguna asociada con muertes de mujeres: misántropos, huraños, personas con mal genio, insociables… pero no asesinos.

Conducía un coche del departamento de policía, discreto y cómodo. Se me ocurrió esperar en la puerta de la casa de mi siguiente sospechoso hasta que llegó, muy tarde, por cierto.

El hombre era tan normal como todos los demás que yo había visto, pero algo en mi interior me hizo fantasear sobre que aquél hombre era mi asesino. El vecino que lo denunció me comentó que había llamado porque lo vio en la zona del asesinato y que le pareció muy rato porque era hora de trabajo.

Al día siguiente fui al taller donde trabajaba mi sospechoso con la excusa de cambiar el aceite al coche. Lo vi de cerca, hablé con él. Lo encontré taciturno, huraño, desconfiado… Nada en él me gustó pero yo me sabía muy desesperado por resolver el caso y desconfiaba de mis propias intuiciones.

Cuando salí del taller fui directamente a la tienda de ropa donde trabajaba el «denunciante», le pregunte si podía explicarme algo más y me contó, para mi sorpresa, que a la mujer del sospechoso la habían asesinado hacia años, que desde entonces él vivía solo y era un tipo muy raro, lo visitaban algunos amigos, pero escasos, y nunca más se le había conocido relación alguna.

Todo aquello me alertó y en la comisaria busque el asesinato de la que fuera la mujer de Alexandre Lewis, que así se llamaba el individuo. Sin resolver.

Tuve la clara sospecha que ese había sido su primer asesinato. Por fin me decidí a hablar con Bernat Dieti.

–Tengo un sospechoso –le dije bajito, cuando me lo cruce en el pasillo. No quería ir a su despacho para no dar a mi hipotético descubrimiento una mayor formalidad.

–¿Y me lo dices así, porque me encuentras de casualidad? –replicó Dieti socarrón.

–Vamos a tu despacho y te lo explico todo.

Aquel fue el pistoletazo de salida para que varios detectives se pusieran a trabajar conmigo, conseguimos pruebas, testigos, arma del crimen y, por fin, una confesión.

No había matado a cinco mujeres como creía la policía de Los Ángeles. Declaró, algo ufano, haber matado a su mujer y luego a nueve mujeres más. En total, diez personas inocentes habían perdido la vida a manos de este descerebrado.

Una vez descubierto y sabedor de que no vería más la luz, solo le quedaba el orgullo de demostrarnos hasta qué punto se había burlado de nosotros. Nos detalló dónde encontrar las víctimas que faltaban y que estaban en las carpetas de desaparecidas.

En la rueda de prensa en que tranquilizamos a la población, me mantuve en un segundo plano elegido por mí y tuve ocasión de escuchar elogios y agradecimientos, sobre todo Bernat Dieti para quien, de alguna manera, yo había trabajado.

Hoy Alexander Lewis está en el corredor de la muerte de la prisión federal de San Quintín, desconozco hasta cuándo pero no volverá a matar.