Capítulo 1

Miro y no veo más que caras de dolor. Hace cuatro días encontraron a Sussan asesinada con un tiro en la sien que algún torpe pretendió disfrazar de suicidio.

Me he colocado estratégicamente en un lugar algo elevado del camposanto, al final, con la esperanza de encontrar al asesino.

Jamás dejo un caso sin resolver, más si se trata de la hermana de Rosana, colega del FBI.

Nuestra Señora de la Merced es un inmenso cementerio católico de la archidiócesis de Miami, en el condado Miami-Dade. El brillo de los mármoles compite con la espesura de los árboles.

Busco. Mi instinto policial se pone en marcha y lo primero que veo no me gusta: los padres de Sussan. Aparentan estar conmocionados, pero ni siquiera en un día como hoy han calmado sus indisimulados odios. Recuerdo la última vez que Rosana me habló de ellos: «Se detestan tanto que han olvidado que, además de divorciados, son nuestros padres». ¿Tendrán algo que esconder?, me pregunto mientras mi mirada trata de radiografiar a los que de verdad sienten dolor.

Mi amiga, por ejemplo. Rosana se ha situado entre su madre y su hermana Anna, la pequeña, a la que no echo más de veinticinco oveintiséis años. Me fijo en su marido, David, un personaje inexpresivo, casi hierático, cuyo semblante me recuerda poderosamente al de un cura católico.

El padre es un empresario de prestigio con negocios en varios estados. Un compañero del FBI me contó que su nombre es Roman. Heredó una pequeña empresa de procesado de carnes y, lejos de vivir de las rentas, puso mucho empeño en convertirla en una industria de notable éxito. El índice por metro cuadrado de millonarios con historias parecidas que eligen esta zona de Miami para vivir es elevadí- simo; Roman Graham es uno más. Está casado en terceras nupcias con una chica más joven que cualquiera de sus tres hijas, una guapa australiana que conoció uno de sus viajes. Graham parece conmocionado, pero poco afectado. Por su cara no ha resbalado ni una lágrima desde que entramos en el cementerio. Es cierto que ha tenido cuatro días para llorar, y además no me parece un tipo de los que exhiben su dolor; sin embargo, mi sensación es que está disgustado, contrariado, pero no apesadumbrado ni derrotado.

Me cuesta más deducir algo sobre su flamante esposa. No ha dejado de llorar ni un momento. Parece tener esa rara «habilidad» de las personas que lloran con frecuencia: hacerlo ininterrumpidamente, durante largo rato, sin emitir el más leve sonido. Su marido no le dirige la mirada ni una vez; ni siquiera en el único momento en que ella le acarició levemente el hombro. De no conocerlos, parecería que la familia directa de Sussan era ella y no Roman. Yo no alcanzaba a identificar si las lágrimas eran de pena, de remordimiento, de angustia o de miedo. Quizá solo es una de esas personas a quienes la pérdida de un ser cercano provoca una fuerte emoción… Una llorona, vamos; aunque la cosa resultaba especialmente llamativa porque Roman y su esposa se habían casado hacía unos seis meses, y no era materialmente posible que la joven australiana hubiera tenido una relación intensa con la difunta. Dos días atrás había tenido ocasión de conocer a la madre de Sussan: una mujer refinada que supo llevar con dignidad el dramático abandono del que fuera su marido, con dos de sus tres hijas a su cargo. Roman la dejó para casarse con otra a la que había dejado embarazada, aunque ese embarazo no llegó a término.

Además, los carísimos abogados de Roman consiguieron que su exmujer y sus hijas tuvieran que vivir con lo justo tras una vida de lujos. Así, ella se vio obligada a abandonar la suntuosa mansión familiar que no se podía permitir. Poco después, eso sí, Roman adquirió una casa más modesta para ellas y, como era su deseo, se quedó con la casa grande sin verse obligado a mayores pleitos. A cambio, accedió a subir la pensión pactada inicialmente. Digna, en ese momento la madre parecía haber agotado todas las lágrimas.

Los entierros de gente famosa que ha sido asesinada son un lugar propicio para que un agente especial como yo, del área de homicidios del FBI, dedique el tiempo que dura la ceremonia a escudriñar a los asistentes. Solo el responso monocorde del oficiante, un presbítero amigo de la familia, rompe el silencio del camposanto lleno de gente.

No hay llantos ni hipos ni contrapunto alguno a las aburridas salmodias del sacerdote que terminan con el manido «cenizas a las cenizas, polvo al polvo». Los entierros católicos ni siquiera brindan esa suerte de homilía que estamos habituados a escuchar en despedidas de otros credos.

Ese silencio facilita mi tarea. Pocas veces asisto a oficios católicos, la fe en que me educaron, pero siempre me ocurre igual: de pronto reparo en que no sé si estamos en el kyrie, el gloria o el ofertorio.

Pierdo literalmente el oremus estudiando miradas y gestos. Lo de hoy no es una excepción: observo la dirección de las miradas, movimientos de manos, tan delatores del estado de ánimo, posiciones de hombros, ojeras, posturas, actitudes. Observo. Es mi oficio, y no puedo evitarlo.

Sabemos que un elevadísimo porcentaje de criminales, de manera a veces poco disimulada, acuden a contemplar el desenlace de su macabra obra, quizá para comprobar que, efectivamente, su trabajo ha tenido éxito. No puedo evitar la sensación de que el asesino, a quien llevamos buscando desde hace ya cuatro días, se mimetiza en ese mismo instante con el abigarrado paisaje humano que rodea la fosa de la pobre Sussan.

Aparte de familiares, exnovios y amigos, como ocurre en estas ocasiones, tampoco falta en el cementerio un buen número de curiosos atraídos por el espectáculo de un crimen cuyos detalles, o más bien la falta de ellos, han copado las portadas de los diarios locales con especulaciones absurdas y rumores inventados.

A día de hoy, las autoridades lo ignoran todo sobre el asesinato o sus posibles autores. Ni siquiera tenemos un posible móvil. Sé que todos ocultan algo y mi estómago me dice que entre ellos hay alguien implicado, pero el dolor de mi amiga me hace olvidar por un momento que soy investigador del FBI.

Los entierros duran poco y el tiempo es escaso para averiguar la verdad. No obstante, lo que pude observar resultaría, con seguridad, más útil que las poco sutiles grabaciones que realizaba, a la vista de todo el mundo, el departamento de policía. Nadie se comporta igual cuando se sabe observado y, menos aún, grabado. Confié en que ese mismo día me confirmaran la autorización para implicarme oficialmente en el caso.