En la policía del condado

«Eve y yo nos levantamos aquel sábado más tarde de lo que acostumbramos. Mi entonces esposa se volvió a casar, ahora se apellida Palmer pero no nos despistemos. La víspera, unos amigos nos habían invitado a una fiesta, algunos bebieron más de la cuenta y nos tocó andar repartiendo borrachos por distintos rincones de Miami. No he terminado mi sempiterno café con leche y recibo una llamada de la central: una joven ha aparecido cosida a puñaladas. Parece que una llamada anónima alertó sobre unos gritos ¡bastante rato después de haberlos dejado de escuchar! Los compañeros de calle se acercaron a echar un vistazo, y se toparon con el cuerpo inánime de una joven en una de las largas y desiertas avenidas de Coral Gabel. La Científica ya estaba allí pero había que acudir a ver el escenario del crimen.

–¡Que con el buen día que se ha levantado nos hagan trabajar en sábado! Estos asesinos no tienen corazón.

Quien saludaba así era Samuel, mi compañero habitual en estas cuitas.

–Pues sí, ya ves –respondí–, ponme al día, ¿qué sabemos?

–Poca cosa aún. Están los de la Científica recogiendo pruebas pero no sabemos mucho. La han cosido a puñaladas. Por su aspecto, o es una profesional o una chica muy moderna, que ahora las hay que…

–Samuel, sabes perfectamente que no me gusta nada trabajar desde prejuicios y menos en cosas tan graves.

–Perdona, tienes razón, pasa y ves tú mismo el circo.

Nos encontrábamos en Coral Gables, una pequeña localidad a las afueras de Miami. El miamense medio, como pasa en todas las grandes urbes, asocia el todo a su ciudad pero para quienes trabajamos en la Administración de una manera o de otra, el lugar exacto es importante. De haberse producido el asesinato en el término municipal de Miami, serían otros los encargados.

–Cuéntame, Jeny –pregunté a una simpática patrullera que suele meter horas los fines de semana.

–Buenos días, capitán. Mujer joven, varias puñaladas, aún sin identificar.

–¿No tiene bolso o algo donde buscar una identificación?

–No señor –respondió mi compañera–. Ni bolso ni cartera ni documentación ni llaves de un coche ni nada. Parece un robo.

Decidí dirigirme a otro de los presentes, un sargento.

–Peter, ¿qué estáis haciendo?

–Buenos días, capitán Smith, Estamos peinando todo el perímetro, tengo gente interrogando a los vecinos y estamos viendo si la chica estaba fichada para su identificación, se llevan el cuerpo ya mismo.

Aunque, como le dije a Samuel, guiarse por prejuicios no suele ser útil, el hecho es que, efectivamente, el atuendo y maquillaje de la chica hacían imaginar que se trataba de una prostituta.

En los días siguientes investigamos a todo el entorno, efectivamente la chica –Alice Mendez– trabajaba en un club, pero aquella noche no se había presentado. Un agente encontró el bolso en un contenedor, a unos tres kilómetros de distancia, faltaban el monedero y las tarjetas de crédito. La tesis del robo parecía asentarse.

En el laboratorio forense se examinó cada milímetro de su ropa, de su cuerpo, de su bolso… Ni el más mínimo rastro que nos permitiera pergeñar un sospechoso. Por la profundidad de las puñaladas sabíamos, eso sí, que era alguien diestro, de 1,70 m aproximadamente y no muy corpulento. Alguna de las puñaladas era mortal de necesidad, pero quien las había dado no era muy fuerte. A todas luces, un atracador de escasa envergadura se había enfrentado a la chica, esta hizo ademán de revolverse y arremetió contra ella, seguramente asustado. No hubo lucha porque en otro caso habríamos encontrado restos epiteliales bajo las uñas. No era el caso. Solo quedaba esperar acontecimientos. Estos llegaron pocos días después en forma de una joven que dijo ser amiga de Alice Mendez, una tal Angelina Bowles. Rápidamente la hice pasar a mi despacho.

–Buenos días, señorita Bowles. Soy el capitán Josep Smith –saludé alargando la mano–. Me cuentan que usted sabe algo del asesinato de Alice Mendez, soy todo oídos.

–Verá, capitán, ustedes no han encontrado al asesino de mi amiga, ¿verdad?

–Aún no –respondí–. Tenemos varias líneas de investigación abiertas pero entienda que no le puedo ofrecer detalles más allá de lo que salió en la prensa local, que parece un atraco. Dígame usted qué sabe.

–Quizá no he debido venir.

La muchacha hizo ademán de levantarse pero la retuve.

–Señorita, haga el favor de contarme lo que vino a explicarnos porque usted no tiene interés en que yo la trate como a una sospechosa, ¿verdad? –expuse con gesto serio e intimidatorio.

–Vale, le diré lo que he venido a explicar, creo que el asesino es su padre. He presenciado peleas enormes entre los dos desde que Alice se dedicaba a bailar en ese club maldito. En la última pelea él dijo que la mataría antes de permitir que siguiera de puta. Creo que tenía que explicarlo, aunque si se trata de un ladrón, claro, mucho mejor para todos.

–Gracias, señorita. Hablaremos con el padre, ¿alguna cosa más?

Nos despedimos y, aunque ya habíamos investigado, como de costumbre, al entorno familiar con nulos resultados, mandé llamar al padre de Alice Mendez que resultó poseer varias coartadas que no dejaban el menor resquicio de duda. El atraco seguía pareciendo la opción más sólida. El único cabo suelto es la inusual ausencia de huellas de todo tipo. Los atracadores no suelen ser cuidadosos.

Un domingo, pocas semanas después de aquella visita, salí con mi hija Olivia a dar una vuelta en bicicleta por el paseo marítimo. No era nada fácil moverse entre todas aquellas personas paseando pero la escasa velocidad que podíamos alcanzar facilitaba fijarse en quienes se cruzaban con nosotros. Dos imágenes conocidas, cogidas de la cintura, pasaron a nuestro lado. ¡Eran el novio de la fallecida y Angelina Bowles, aquella chica que, precisamente, había denunciado al inocente padre de la muerta.

Me saltaron todas las alarmas. Además, tanto él como ella encajaban perfectamente en los escasos datos sobre complexión que teníamos del asesino. Algo no cuadra, ¿qué hacía aquella chica abrazada al apenado novio de Alice Mendez.

Deus ex machina es como se llama en cine o literatura al recurso de narrador malo que resuelve una trama mediante ejercicios, a veces inverosímiles, de casualidades. En investigación criminal, no obstante, es muy frecuente que los casos se resuelvan por la aparición de casualidades, ahora bien, hay que buscarlas. Muchas de mis investigaciones se han resuelto gracias a mi capacidad de observación y a que los malos siempre dejan cabos sueltos que permiten que algo que podría parecer azar los termine delatando.

Al día siguiente, nada más llegar a la jefatura, reclamé al responsable de la científica.

–¿Podemos volver sobre el asesinato de Alice Mendez? –pregunté a Michael Osorio, jefe del laboratorio.

–¡Smith! Eso de volver atrás te gusta mucho, pero a mí no me permite avanzar, tengo en la mesa tres fiambres de una reyerta entre pandilleros, supongo que estas al día.

–Soy consciente de todo, Michael, pero necesito aclarar cosas.

–A ver, ¿qué pasa ahora?

–Quedamos en que el asesino tenía que ser un hombre bajo y con poca fuerza, ¿no es así?

–Sí, eso dice el informe, así es.

–¿Y si hubiera sido una mujer? –pregunté.

–Es muy improbable, pero no imposible.

–¿Por qué improbable?

–Lo sabes perfectamente. Es una cuestión estadística, claro, pero las mujeres no suelen matar a puñaladas. Envenenan, a veces pegan un tiro pero no apuñalan. ¿En qué estás pensando?

–No sé, ayer pasó algo pero le tengo que dar una vuelta. Me dijiste también que no se encontró nada, ni el arma ni huellas ni pelos ni piel ni nada, ¿es así?

–Nada, absolutamente nada. No es frecuente encontrar un escenario del crimen tan limpio y menos en algo que parece un atraco. Los chorizos nunca son tan cuidadosos y parece demasiada casualidad que no apareciera nada, por eso es extraño todo. ¿Se te ofrece algo más?

–Ahora mismo, no, gracias, Michael –me despedí.

Llegados a este punto, sin pruebas, sin sospechosos, sin ADN ni nada que arrojara algo de luz, solo quedaba tirar de intuición y, por qué no decirlo, de alguna artimaña de manual: debía presionar para obtener una confesión y solo se me ocurría un botón que tocar. Era evidente que Angelina Bowles sabía más de lo que nos contó. Había que llamarla. Algo me decía que o ella era la responsable o que aquel muchacho con el que la había visto hacerse arrumacos y que mide unos veinte centímetros menos que yo tenía algo que ver.

Pedí a Samuel, no obstante, que repasara la declaración del novio de la difunta. Comprobamos con desolación que la coartada era impecable. El día de autos había tomado un vuelo de American Airlines desde Miami a Las Vegas y el hotel había confirmado, sin duda alguna, el alojamiento.

–Muchas gracias por venir tan deprisa, señorita Bowles –saludé al ver a la muchacha.

Había pedido que la llevaran a la sala de interrogatorios. Eso suele tensar a los sospechosos y, efectivamente, la noté muy nerviosa. Nada que ver con su visita anterior.

–Buenos días, señor Smith, no me han dicho para qué me han llamado. No entiendo por qué quiere hablar conmigo ahora, el asesinato de Alice está resuelto según tengo entendido, a falta, claro, de encontrar al ladrón.

–Bueno, sería mejor decir «a falta de encontrar al asesino». En realidad, estamos esperando que en algún momento este cometa algún error y podamos pillarlo.

–Es buena idea, sí. ¿Y qué quiere de mí?

–Quiero saber dónde se encontraba usted el día que mataron a su amiga.

–Estaba en mi casa, mi familia lo puede confirmar, no salí en todo el día.

–Esa coartada es muy débil, ¿no? Su familia la respaldaría aunque no fuera cierto.

–Oiga, ¿ahora soy sospechosa? ¿De qué va esto? ¡Ustedes dijeron que fue un hombre!

–Señorita Bowles, nosotros no hemos dicho eso nunca, no sabemos el sexo de la persona que asesino a su amiga. Es más, sabemos que es una persona de poca fuerza, puede coincidir fácilmente con una mujer como usted. Dígame otra cosa, ¿tiene usted novio?

–Bueno, ahora me veo con una persona pero yo no diría que seamos novios. Oiga, ¿de qué va todo esto?

–Ya se lo explicaré. Ahora, por favor, antes de salir, deje el nombre y el teléfono de esa persona con la que usted se ve. Queremos hacerle unas preguntas.

Cuando escuchó que íbamos a hablar con ese chico se le cambió la cara y de su boca comenzaron a salir torpes balbuceos que me costaba traducir a conceptos y palabras.

–Mire, es que no creo que tengan que hablar con él, hace muy poco que salimos, bueno salimos de nuevo, ya le conocía antes.

–¿Puede decirnos cómo se llama? –insistí.

–Mire, lo mejor es que se lo diga, con la persona que salgo desde hace pocos días es el antiguo novio de Alice, mi amiga.

–¿Cómo? –exclamé con cara de sorpresa–. ¿Está usted saliendo con el novio de su amiga muerta? Tanto él como usted han guardado poco luto.

–No es difícil entenderlo, yo ya había salido con él antes, después lo dejamos y salió con Alice, ahora hemos retomado nuestra relación –dijo con naturalidad.

Aquella conversación reforzaba mis certezas de que la muchacha que tenía frente a mí sabía mucho más de lo que nos estaba contando. Lo que aún no alcanzaba era a saber hasta qué punto ella estaba implicada en la muerte de Alice o, incluso, que fuera la responsable directa. Decidí jugarme tener un lío con la Fiscalía y la mandé detener. Podía disponer de ella cuarenta y ocho horas y, a veces, la sola visión del calabozo de una comisaría hace que la lengua se suelte. Había que probar.

Mi decisión fue respetada pero poco aplaudida por compañeros y jefes. Además, la noticia, aun cogida con pinzas, saltó a la prensa. Tenía poco tiempo para esperar acontecimientos.

Al día siguiente Angelina ya disponía de un abogado que, por supuesto, le recomendó tener la boca cerrada para los restos. Al fin y al cabo, carecíamos de elementos de convicción para tenerla encerrada pero aquella tarde se produjo la reacción que yo esperaba.

–Capitán Smith, hay un hombre al teléfono que quiere hablar con usted. Dice que tiene información sobre Alice Mendez.

–Pásamelo, por favor.

–Oiga, es la policía, ¿no? Me quiero entregar, yo maté a Alice Mendez.

En mis muchos años de experiencia creo que era la primera vez que alguien me decía «me quiero entregar» por teléfono. Lo habitual, en casos como este, es el criminal se presente en jefatura con una bolsa con la ropa interior, presto a ser detenido y no volver a salir. Aquella extraña declaración me dejó sin palabras durante unos segundos. Por fin recuperé el habla.

–Pero ¿quién es usted? ¿Con quién hablo? –acerté a preguntar.

–Tiene que dejar libre a Angelina, ella no ha hecho nada, podía sospechar que era yo, pero no lo sabía seguro.

–¿Quién dice que podía sospechar qué? ¿Me quiere decir de una vez con quién hablo? –repliqué en un tono claramente molesto.

–Primero deje salir a Angelina y yo voy a la central para entregarme.

Indudablemente, el del otro lado del teléfono podría ser un asesino o no pero, sin ningún género de dudas, era un imbécil. Se debía de pensar que teníamos a la chica como rehén y ofrecía un intercambio. Mis sospechas, sobre la identidad de aquel mastuerzo, eran claras. Debía de tratarse del novio de las dos chicas que ahora tendría que esforzarse en desmontar la coartada que tenía tan bien tramada.

–Mire –continué–, no sé quién es usted pero si no se presenta aquí en pocos minutos tenga por seguro que vamos a aportar a la Fiscalía suficientes elementos de sospecha como para que su amiga, en el mejor de los casos, se pase unas cuantas semanas entre rejas. Eso si no acabamos demostrando su culpabilidad.

–Me llamo Patrick Bowles, soy el hermano de Angelina.

De nuevo, me quedé sin habla durante unos instantes.

–Venga para acá y aclaramos este asunto.

Una vez tuvimos todos los datos, no dábamos crédito a lo torpes que habíamos sido. Y yo, el primero. Con mi experiencia debería saber ya que hay que tirar de todos los hilos y, en esta historia, semanas antes, alguno no lo miramos.

Básicamente, Patrick Bowles se enamora de la ahora difunta Alice Mendez, amiga de su hermana Angelina. Inician una relación y, al poco, Alice rompe con él, se lía con el novio de la propia Angelina. Patrick que, para colmo trabaja en un laboratorio y sabe cómo no dejar huellas, decide que no puede soportar los celos y, de manera perfectamente premeditada, acaba con la vida de su exnovia.

No llegamos a tener del todo claro hasta qué punto Angelina, ahora la hermana del asesino, sabía lo que había pasado e intentó desviar la atención con aquella extraña confesión sobre el padre de la difunta y el hecho de retomar su antigua relación con el novio de su amiga muerta, lo hizo saltar todo. Si Angelina Bowles estaba al tanto de la autoría e intentó desviar nuestra atención, habría cometido un delito merecedor de unos pocos años de cárcel pero, en ese caso, preferimos no escarbar más. Como decía mi abuela, «en la pena lleva la penitencia»